Estamos inmersos en un momento social, en el que casi todos nos estamos teniendo que enfrentar a la realidad de la muerte y el duelo, de manera directa o indirecta, en primera persona o a través de las historias de amig@s, compañer@s de trabajo y personas conocidas. En este sentido han surgido muchas dudas sobre cómo manejar el duelo ajeno, varias personas me comentan que no saben cómo comportarse, o qué decir en estas situaciones, y mi consejo más práctico es ante la duda, no decir, observar y acompañar.
Para ampliar y ayudar a gestionar esta complicada tarea, hemos rescatado algunas ideas que nos parecen de utilidad, procedentes del texto:
Neimeyer, R.A. Aprender de la realidad de la pérdida. Una guía para afrontar el duelo. Paidós 2.001
Os proponemos: Cosas que no se deben hacer / Cosas que se deben hacer
Obligar a la persona a asumir un papel diciendo “lo estás haciendo muy bien” Debemos dejar que la persona tenga sentimientos perturbadores sin tener la sensación de que nos está defraudando.
Abrir las puertas a la comunicación. Si no sabe qué decir pregunte: ¿Cómo estás hoy? O he estado pensando en ti, ¿cómo te está yendo?
Decirle lo que tiene que hacer.
En el mejor de los casos esto refuerza la sensación de incapacidad de la persona y en el peor nuestro consejo puede ser contraproducente.
Escuchar el 80% del tiempo y hablar el 20%.
Hay muy pocas personas que se tomen el tiempo necesario para escuchar las preocupaciones más profundas de otro individuo. Sé una de ellas. Tanto tú como la persona que ha sufrido la pérdida podéis aprender cosas en el proceso.
Decirle “Llámame si necesitas algo”
Este tipo de ofrecimientos indefinidos suele declinarse y la persona que ha sufrido la pérdida capta la idea de que nuestro deseo implícito es que no se ponga en contacto con nosotros
Ofrecer ayudas concretas tomar la iniciativa de llamar a la persona.
Si además respetamos la intimidad del superviviente este valorará nuestra ayuda concreta con las tareas de la vida cotidiana.
Sugerir que el tiempo cura todas las heridas.
Las heridas de la pérdida no se curan nunca por completo y el trabajo de duelo es más activo de lo que sugiere esta frase.
Esperar “momentos difíciles” en el futuro, con intentos activos de afrontar sentimientos y decisiones difíciles durante los meses que siguen la pérdida.
Hacer que sean otros quienes presten la ayuda.
Nuestra presencia y preocupación personal es lo que marca la diferencia.
“Estar ahí”, acompañando a la persona. Hay pocas normas para ayudar, aparte de la autenticidad y el cuidado.
Decir “sé cómo te sientes”.
Cada persona experimenta su dolor de una manera única, por lo que lo mejor que podemos hacer es invitar al afectado a compartir sus sentimientos en lugar de dar por supuesto que los conocemos.
Hablar de nuestras propias pérdidas y de cómo nos adaptamos a ellas.
Aunque es posible que esa persona en concreto tenga un estilo de afrontamiento diferente al nuestro, este tipo de revelaciones pueden servirle de ayuda.
Utilizar frases manidas de consuelo como “hay otros peces en el mar” o “los caminos del Señor son insondables”. Esto solo muestra a la persona que no nos preocupamos lo suficiente por entenderla.
Establecer un contacto físico adecuado poniendo el brazo sobre el hombro de otro o dándole un abrazo cuando fallan las palabras. Aprenda a sentirse cómodo con el silencio compartido en lugar de parlotear intentando animar a la persona.
Intentar que la persona se dé prisa en superar su dolor animándola a ocupar su tiempo, a regalar las posesiones del difunto, etc… El proceso de elaboración del duelo requiere tiempo y paciencia y no puede hacerse en un plazo de tiempo fijo.
Ser paciente con la historia de la persona que ha sufrido la pérdida y permitirle compartir sus recuerdos del ser querido. Esto fomenta una continuidad saludable en la orientación de la persona a un futuro que ha quedado transformado por la pérdida.

Patricia Santiago García
Psicóloga General Sanitaria (M-26280)
Experta en Intervención Psicoterapéutica
Experta en Mediación y Orientación familiar
Experta en Terapia de Pareja